La apatía puede ganar en Oaxaca en las próximas elecciones

A pesar de ser una elección presidencial, aquí no se jugará el destino de la entidad, y tampoco habrá contendientes lo suficientemente fuertes como para suponer que el resultado...
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A pesar de ser una elección presidencial, aquí no se jugará el destino de la entidad, y tampoco habrá contendientes lo suficientemente fuertes como para suponer que el resultado electoral marcará el destino político —de un partido, de un grupo, o de toda la clase política— en el mediano plazo.

De ahí que, en el resultado, podremos ver si los partidos lograron ganarle algo de terreno a la apatía que parece inundar a la mayoría de los electores oaxaqueños. En efecto, siempre resulta importante e interesante para analizar, el empuje que tiene una elección presidencial en los contextos locales.

En Oaxaca, sabemos de algunos antecedentes ya conocidos, tales como el poder que han tenido las fuerzas de izquierda en las dos últimas elecciones presidenciales; la poca capacidad que ha existido entre los electores para hacer una diferenciación entre los sufragios que emite para la elección de cada uno de los cargos en juego; o la poca efervescencia que las elecciones presidenciales logran prender entre los electores no manipulables, abriendo con ello la posibilidad de que la ingeniería electoral haga el trabajo a favor de uno u otro partido o aspirante.

Esas circunstancias hoy se nutren de otras, que también vale la pena repasar.

En Oaxaca pasamos recientemente por una elección de Gobernador que dio como resultado una segunda alternancia de partidos; seguimos viviendo en un contexto político en el que la pluralidad se ejerce con plenitud, pero en la que no se ha logrado construir ningún tipo de mayoría definida que acelere o modifique la inercia propia de los procesos de gobierno y las decisiones que se toman en el Poder Legislativo; que hoy la ciudadanía votante no tiene definiciones claras respecto hacia dónde se moverán sus preferencias electorales; y que, en ese contexto, resultará muy importante lo que hagan los partidos, candidatos, representantes populares y gobernantes, para captar los votos libres independientemente de las estrategias que pudieran tener con sus votantes asegurados.

Esta debiera ser una medición muy particular, porque de ella se desprenderían tendencias importantes para los comicios de 2018. El electorado oaxaqueño ha vivido en pocos años dos alternancias de partidos en el poder; ha visto cómo desde dos frentes electorales distintos se han prometido cambios y mejoras en las tareas de gobierno, y ha visto cómo en ambos casos hubo tantas fallas e incumplimientos que llevaron a sus respectivos grupos a la derrota.

En 2010 fue derrotado el priismo luego de las fallas, excesos y soberbia del grupo del entonces gobernador Ulises Ruiz; y seis años después fue también derrotado el grupo que antes había sacado del poder al ulisismo. Para ganar, en 2010, el grupo de Gabino Cué le prometió a la ciudadanía oaxaqueña un cambio en la forma de gobernar, pero seis años después le entregó corrupción, impunidad y engaño, obteniendo a cambio una nueva derrota electoral.

Todo esto no debiera ser un antecedente menor frente a lo que ocurrirá en 2018. Hay un gobierno de segunda alternancia, y hay partidos que tienen fresco aún el antecedente de haber sido gobierno, aunque ahora sean oposición.

En ese contexto, ni a quienes son gobierno de reciente conformación, ni los que son neo opositores luego de haber apoyado a un gobierno desastroso, les alcanzan los argumentos retóricos sustantivos como para pedirle al ciudadano que convalide su preferencia electoral en un nuevo proceso.

De ahí la interrogante sobre cuánto habrán podido avanzar en el fomento a la credibilidad entre ciudadanos que están desencantados, en general, de toda la clase política.




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