Promueve Casa Wabi cultura en niños de Oaxaca

Alrededor de un árbol de Macahuite, prolijo en ramas, pródigo en sombra, se descalzan los niños para leer en la plaza de Cacalotepec, Villa de Tututepec de Melchor Ocampo,...
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Alrededor de un árbol de Macahuite, prolijo en ramas, pródigo en sombra, se descalzan los niños para leer en la plaza de Cacalotepec, Villa de Tututepec de Melchor Ocampo, en la costa de Oaxaca, donde Wuilmer Cortés y Emmanuel Ventura han estacionado la Biblioteca Móvil de la Fundación Casa Wabi.

Aunque los lectores que llegan a pie, en bici o moto de batería permanecen sentados frente a una mesa que despliega decenas de títulos infantiles, los pies libres de zapatos despegan del suelo, se mecen, entrelazan o encogen, en un alborozo de músculos y tejidos propiciado por la lectura en voz alta de sus libros predilectos.

Tan atento está Jorge al relato “El bailarín del sol y otros cuentos mayas”, que interpela a la autora, Judy Goldman, porque primero escribió que no había noche y luego narra un episodio nocturno. “¡Se equivocó!”, dice Jorge, como quien descubre un ciempiés en el bolsillo.

Ya le revelará una próxima lectura que al nacer el sol -tema de relato- el universo parió también su opuesto.

Con las redes de las porterías desbaratadas en la cancha del pueblo, las niñas y los niños -seis contra cuatro- convierten la mesa en terreno de juego y hacen pase de historias de un libro a otro y tiros libres de imaginación.

La Biblioteca Móvil de la Costa de Oaxaca es un programa conjunto entre las fundaciones Casa Wabi y Harp Helú. Habilitada en una camionera Van, no sólo recorre las plazas públicas, sino también escuelas, como la primaria Don Miguel Hidalgo y Costilla, ubicada en Agua Zarca, también en Villa de Tututepec de Melchor Ocampo.

Como en Cacalotepec, aquí los árboles refrescan a los lectores y sus troncos delimitan la zona de lectura, donde Wuilmer y Emmanuel reparten sillas y colchonetas.

A resguardo de los 33 grados de temperatura, se sientan los niños en flor de loto, se apoyan de rodillas, se echan de panza o de espalda mientras Emmanuel lee “Una aventura inesperada”, de Isabel Fraire.

Aun dentro de este remanso donde, cara al cielo, las nubes parecen al alcance de la mano, la realidad asoma cuando los promotores de lectura preguntan qué le ocurrió a Luis, protagonista de libro de Fraire, y los niños responden: “Lo secuestraron. Lo mataron”.

“En todo el País hay violencia, en esta zona también; hay narco reclutando chavitos, no a gran escala, pero hay, entonces lo que buscamos aquí es darles otra opción, otra forma de ver la vida”, señala Carla Sodi, directora de Fundación Casa Wabi, asociación civil creada hace cinco años por el artista Bosco Sodi que promueve actividades culturales y de arte contemporáneo en 14 comunidades pesqueras, ganaderas, campesinas, alfareras o dedicadas al turismo, con altos índices de deserción escolar.

La Biblioteca Móvil es solo uno de los programas culturales de la fundación, que también acerca cine alternativo y arte contemporáneo a estudiantes de primarias, secundarias y bachilleratos de estas poblaciones de escasa oferta cultural.

Puerto Escondido, por ejemplo, dispone sólo de un cine de cartelera comercial que programa estrenos de temporada, refiere Juan Pino, director de Proyectos Comunitarios de Casa Wabi.

“Y la gente de aquí no va al cine de Puerto Escondido, entonces no hay opción de ver películas en pantalla grande. También, en Puerto Escondido, hay una casa de la cultura con clases de música, danza folclórica y una biblioteca de consulta; en Río Grande funciona un espacio semejante, pero mucho más enfocado a la danza, y párale de contar. Hay algunas bibliotecas comunitarias, pocas y mal promovidas, porque tienen libros importantes, suficientes, necesarios, pero no gente que active las lecturas. Con la biblioteca de Wabi buscamos capacitar o dar herramientas a los bibliotecarios para que activen sus lugares”, explica Pino.

Próximamente, anticipa, Wabi prevé ingresar la Biblioteca Móvil en la cárcel de Juquila para leer con los presos; si prospera la iniciativa, sumarán otras actividades culturales para los internos.

Entre mar y montaña

El epicentro de la fundación es Casa Wabi, un terreno de 29 hectáreas -27 de jardín y dos de construcción-, cuyos espacios, diseñados por eminentes arquitectos, funcionan como polos de irradiación cultural dentro del recinto que alguna vez fue sólo duna costera.

Apenas llegar, los pies se hunden en la arena y se encandilan los ojos de un verdor tan indómito como las olas del mar que rompen delante de la casa. Ésta opera con recursos autogenerados y fondos públicos, sobre todo del Gobierno de Oaxaca.

La primera construcción que hallan los visitantes, obra del arquitecto japonés y Premio Pritzker 1995 Tadao Ando es un horizonte de concreto.

Desnudo, reluciente, el muro de hormigón de 312 metros de largo por 3.6 metros de altura vertebra habitaciones públicas y privadas, también de concreto, dispuestas bajo un sistema de palapas. La principal, de mil metros cuadrados, es considerada la más grande del mundo, tributo a la arquitectura tradicional de la región.

Situada entre el mar y la montaña, Casa Wabi alberga, entre otros espacios, una sala que proyecta cine alternativo en colaboración con Cineteca Nacional y Ambulante Gira de Documentales, entre otras instancias -otra veces llevan películas a las comunidades-, así como una galería de arte que programa exhibiciones anuales.

Este 2020, presenta “South of de Border” -del estadounidense Lawrence Weiner- pionero del arte conceptual.

Anteriormente, alojó obra de Daniel Buren, Michel François y Harold Ancart, Jannis Kounellis, Ugo Rondinone e Izumi Kato.

Además de Ando, ex boxeador al acecho de la luz en sus obras, otros reconocidos arquitectos construyeron pabellones en Casa Wabi.

Con el tabique como elemento protagónico, el portugués Álvaro Siza, galardonado con el Pritzker en 1992, diseñó el pabellón de barro, provisto de un horno para este material, y donde Emmanuel Leyva imparte talleres de barro para niños y jóvenes.

El jardín botánico, que preserva especies como la parota, el macuil, la majahua y la flor de lantana, es aportación del arquitecto mexicano Alberto Kalach, mientras el Pabellón de Guayacán, dedicado al cuidado y la reproducción de esta especie protegida, de propiedades curativas y de la que se obtienen maderas preciosas, fue concebido por el despacho Ambrosi Etchegaray.

El japonés Kengo Kuma propuso un gallinero cuya estructura de tablas horizontales y verticales entrecruzadas remite a la vivienda colectiva y otorga a las aves de corral libertad de movimiento, aire y sombra.

“No son sólo alardes arquitectónicos”, advierte Pino, “hay un sentido social en cada construcción”.

Si con la Biblioteca Móvil los promotores de lectura Wuilmer y Emanuel salen de Casa Wabi para recorrer la costa de Oaxaca con su cargamento de libros, los pobladores invierten el camino para acudir, desde sus comunidades, a las actividades culturales y ambientales de la casa.

La oferta se determina según el pabellón. El dedicado al barro congrega a niños y jóvenes que modelan este material y expresan sus inquietudes artísticas y sociales en piezas que allí mismo hornean, por ejemplo manos con letras cinceladas que dicen ‘No más extinción’, máscaras de influjo prehispánico, corazones, dados, flores, relojes o serpientes, entre otras figuras.

El barro, tanto para los talleres como para las edificaciones arquitectónicas proviene de Agua Zarca, donde Felipe Cruz lo produce artesanalmente, moliéndolo en trapiche impulsado por un caballo.

“El barro parece sucio, pero es un oficio limpio”, asegura el artesano quien ha propagado en la comunidad la tradición alfarera.

Por su parte, el vivero de Guayacán funciona como Unidad de Manejo Ambiental (UMA) registrada ante la Semarnat que produce anualmente 5 mil árboles para donarse a la comunidad. Aquí, los grupos visitantes aprenden elementos ambientales, y próximamente la fundación prevé abrir el Pabellón de la Composta para complementar estos temas, adelanta Pino.

También planean, en verano, inaugurar el Pabellón de la Carpintería, diseño del holandés Rem Koolhaas, distinguido con el Pritzker en el año 2000.

Convite artístico

El primer huésped de Casa Wabi fue un macizo tablón de parota que un vendedor ofreció a Bosco Sodi. El artista rehusó despedazarlo y lo separó en dos partes únicamente para formar la mesa y la banca que, sin perder sus nudos, fisuras y huellas de su pasado arbóreo han congregado a varios miles de visitantes desde hace un lustro.

Cada inauguración de las exposiciones anuales convoca a 400 personas y alrededor de la mesa se reúnen todos los días, durante seis semanas, artistas de todo el mundo, invitados o elegidos por convocatoria para una estancia de seis semanas durante las cuales desarrollan proyectos vinculados con las comunidades de la Costa Oaxaqueña.

Pintura, escultura e instalación son las disciplinas más presentes en las propuestas comunitarias, seguidas de cine, fotografía y artes escénicas, detalla Gustavo Parra, coordinador de Proyectos Comunitarios.

Manuales de herbolaria para transmitirlos de una generación a otra, esculturas en plazas públicas o métodos para crear una milpa en comparación con las técnicas japonesas de agricultura, son ejemplo de trabajo emprendido entre artistas y pobladores.

Sodi explica que los proyectos comunitarios no se reducen a talleres básicos “que muestren, por ejemplo, cómo el rosa surge de la combinación de rojo y blanco y hasta ahí: es un intercambio de conocimientos para generar algo juntos que nos interese a ambas partes, porque las comunidades enriquecen culturalmente a los artistas”, enfatiza Sodi.

Una creadora propuso, por ejemplo, un proyecto para niños consistente en un juego de súper héroes. Mediante el performance exploró los poderes o fortalezas que los participantes otorgaban a los personajes, reflejo inverso de sus debilidades.

“Ella tenía un estudio del súper héroe en la infancia y las fortalezas como expresión de las debilidades. Hubo niños que tenían protecciones de acero en los brazos, y cuando empezó a trabajar con ellos resultaba que eran niños golpeados”, recuerda Sodi.

“Y estos procesos repercuten en la comunidad entera. Alguien comentó, por ejemplo, que no se había dado cuenta de que no había que pegarle a los animales, no se ha trabajado agresión a animales, pero se deriva del trabajo de respeto y diversidad”.

Hasta ahora, han recibido alrededor de 100 residentes de 21 países, quienes han desarrollado más de 80 proyectos comunitarios.

Actualmente, el artista multimedia mexicano Jaime Lobato imparte talleres con los pescadores de San Pedro Mixtepec para aislar la bacteria que produce bioluminiscencia en la Laguna de Manialtepec. Al comprender su naturaleza podrán no sólo preservarla, junto con su hábitat que devino atractivo turístico de Oaxaca, sino iluminar lámparas de los pobladores, un uso que imbrica bioarte con aplicación social.

Por su parte, la española Beatriz Millón rescata la historia del paisaje costero, a partir de conflictos humanos y ambientales que han transformado la fisonomía de los lugares. Su investigación recurre a archivos fotográficos, tanto institucionales como familiares para mostrar, a modo de anuncios publicitarios, imágenes del paisaje pretérito colocadas en sitio al que pertenecen.

De este modo, los pobladores no sólo podrán comparar pasado y presente, sino reflexionar sobre los cambios derivados de esos conflictos -sociales, por ejemplo, o naturales, como un huracán- y defender su territorio.

“Buscamos que, de acuerdo con la disciplina del artista, exprimir lo que sabe para beneficio de la comunidad, siempre con la gente involucrada. No somos de llegar y decir ‘traigo la neta”, apunta Carla Sodi.

Proyectos de ida y de vuelta, como el círculo irregular emblema de la fundación y que representa la filosofía japonesa Wabi-Sabi: la belleza imperfecta. La misma del barro que se amasa o del pie que se descalza para imaginar mejor a la sombra de un Macahuite.

El barro, tanto para los talleres como para las edificaciones arquitectónicas proviene de Agua Zarca, donde Felipe Cruz lo produce artesanalmente, moliéndolo en trapiche impulsado por un caballo




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